miércoles, 28 de abril de 2010








En la casa del escritor Axel Munthe En lo más alto de capri

Para ir y volver de Capri solo hace falta un ferry ya que capri se encuentra muy cerca de Nápoles.



Antes de ir a Capri, ya mi bisabuela y su hija habían recorrido la costa de Amalfi que queda al sur de Sorrento y que no se puede dejar de visitar. La costa Amalfina comprende una serie de maleconcitos al borde de una quebrada por donde se puede ver la seguidilla de playitas usadas por los pescadores artesanales, que con sus coloridos botes son parte del paisaje. También incluyeron Pompeya ese día.





Ahora que regresaban a Nápoles, solo se concentrarían en un recorrido por esa ciudad antes de regresar a Roma.



Los habitantes de Napoles, quienes viven en casas de dos pisos de altura y con calles más bien estrechas, tiene la particularidad de usar un sistema de cordeles con poleas corredizas colocadas de una acera a la otra a la altura del segundo piso y allí tienden su ropa recién lavada.



El tema de la visita a esa zona además del palacio de Casserta y la Iglesia de San Genaro era lo que seguramente estaban conversando en el Ferry a su regreso a Nápoles cuando notaron que una pasajera de la misma embarcación las observaba desde lejos pero con mucha insistencia. Era una señora alta, bronceada, canosa y bastante llamativa en cuanto a su aspecto como para no pasar desapercibida y que además llevaba la vestimenta, con sombrero incluido, de un color amarillo patito.



El viaje en el Ferry se hizo corto y como era temprano en la mañana el sol no molestaba, al contrario era el complemento perfecto para que la brisa marina no resultara demasiado fresca.



Todo fue llegar a Nápoles, para que la señora llamativa se les acercara a conversar. Ustedes deben ser Peruanas, les preguntó. Yo las he oído, y hablan como Peruanas. Si claro le respondieran en coro las dos. ¿Y usted?, le preguntaron. Si, si, yo también vengo del Perú y bla bla bla hicieron grandes migas.



Se enteraron que ella era Española de origen, se llamaba Carmen pero tan Peruana como ellas.



Les contó que estaba alojada en un hotel en Roma donde había viajado con una pareja de amigos, gente estos de mucha holgura económica y que seguramente ya en viajes anteriores habían hecho bastante turismo y que ahora la amiga solo se preocupaba de ir a la modista y es por eso que Carmen estaba sola conociendo algo más de Italia.



Así fue como las tres se dirigieron a buscar el auto que se había quedado en custodia en Nápoles para terminar su visita a esa ciudad y enrumbar de regreso a Roma. En Nápoles no es extraño que algún chiquillo de la calle se ofrezca como fotógrafo a los turistas, pero ya estaban ellas advertidas de no soltar por nada la cámara de fotos porque estos chicos arrancan a correr robándose la cámara.



Durante la estadía en Roma, la Sra. Carmen se abonó a cuanta actividad turística emprendieran mi abuela con su mamá y fue así como visitaron Villa D’ Este en Tívoli con sus magníficos chorros de agua que a diferencia de cualquier otra fontana del mundo, no es activada por energía eléctrica sino mas bien por un sistema hidráulico natural tan precisamente calculado para que desde la bocatoma del rio Aniene que se encuentra a un kilometro de distancia, el agua, ya sea por caídas del terreno o por dimensiones de canales que al irse estrechando originan la presión adecuada para que se produzcan los, alrededor de, quinientos chorros y caídas que allí se pueden ver.



Por esa época se encontraba en Roma como embajador de Argentina un General que en años anteriores había estado destacado como agregado Militar de Argentina en Perú. Dicho embajador había sido inquilino de una de las casas que mi bisabuela tenía como renta y que alquilaba a diplomáticos. Mi bisabuela conocedora de esto llamó para saludar a la familia del embajador.



En seguida les propusieron que fueran acompañadas por la hija del embajador a las diferentes giras que quisieran hacer en Roma y fue así que ya no eran tres sino cuatro las excursionistas. Con esta joven que era de la edad de mi abuela pudieron conocer mucho de Roma.



El primer día hicieron una parada para almorzar en el famoso restaurante Alfredo’s donde el mismo Alfredo, dueño del restaurante se acercaba a cada mesa para conversar con sus comensales y al saber que eran del Perú pidió al pianista, que amenizaba el almuerzo, la interpretación de alguna melodía Peruana quién, enseguida, se arranco con la polca “ Cholita no te enamores”. Los Fetticcini que hoy en día se conocen como “A lo Alfredo” son precisamente patrimonio de ese restaurante.



Al día siguiente la gira terminaría con una invitación en la embajada de Argentina a la hora de almuerzo. Recuerda mi abuela un comedor muy amplio con una mesa ovalada enorme que se llenó de invitados. Al momento de empezar el almuerzo, el señor Embajador se puso de pié y con su copa de vino en la mano, empezó a hablar, dice mi abuela que en ese momento pensó que entre los invitados seguro habría algún personaje importante de la política, a quién tendrían la oportunidad de conocer, pero cuál no sería su sorpresa cuando todas las palabras y elogios iban dirigidas a su mamá.



En su brindis el embajador ensalzaba las amabilidades de las que él y su familia habían sido objeto durante su residencia en Lima y reconocía con gratitud como en todo momento se sintieron apoyados y acompañados por la señora, tan gentil, que en ese momento los visitaba en Roma.



Cuando terminó la reunión y ya en el auto, la señora Carmen no salía de su asombro diciéndo: dime María ¿te das cuenta de la deferencia que ha tenido contigo el embajador? con todos esos personajes allí presentes y el brindis fué para ti.



El Museo Vaticano, Coliseo, Foro, en fin tanto que hay para ver en Roma y la sorpresa de encontrarse derrepente entre callecitas con la plaza que un tanto encerrada alberga la fontana de Trevi donde hay que tirar una moneda dando la espalda a la fontana y pedir como deseo volver algún día a Roma.



En esa época no existían las tarjetas de crédito recién se estaba haciendo conocida la Diners para restaurantes así que los turistas para mayor seguridad en vez de viajar con dinero en efectivo, viajaban con los llamados travellers cheques que eran talonarios impresos con diferentes valores y que al ser firmados por su poseedor adquirían valor adquisitivo.



Ya desde viajes anteriores mi bisabuela era quién firmaba los travellers cheques y mi abuela recolectaba el vuelto de cada pago así siempre disponían de sencillo para no depender solo de los cheques.



Habiéndo ya visto la Piedad de Miguel Angel en San Pedro se enteraron que el Moises también del mismo artista se encontraba en las afueras de Roma así que se dirigieron hasta San Pablo Extramuros donde pudieron apreciar el Moises de Miguel Angel. Cuenta la histora que el mismo artista al terminar su obra la golpeó en la rodilla diciéndole “HABLA” por lo real que lo veía.



A la salida había un puesto de venta de souvenirs donde mi bisabuela María se quedó prendada de un rosario de cristal cortado, luego de avanzar unos pasos, mi abuela le dijo “Esperame un rato que he visto una postal que quiero comprar”.



Claro la idea era comprarle a su mamá el lindo rosario. Gracias a los vueltos que ella iba recolectando se pudo dar el gusto de sorprender a su mamá.



Otra cosa que por entonces no existía todavía, era internet ni Blackberry así que había que esperar lo mínimo tres días para que una carta llegara a su destino. Lo más rápido era un cable o una llamada telefónica pero esto solo se usaba para emergencias. Además las llamadas también eran vía cable trans-oceánico y no satelitales como ahora. Alguna vez desde Nueva York pudieron comunicarse por medio de un contacto que mi abuela consiguió con un radio aficionado que las contactaba a través del Sr. Ricardo Palma de radio Miraflores.



La visita a Castel Gandolfo para ver al Papa Pio XII y esperar que asome a la ventana, de su residencia de verano, para que imparta su bendición, también tuvo algo de anecdótico ya que primero se encontraron con dos chicas Peruanas amigas de mi abuela y luego en el patio interior mi abuela conversó con unos franceses que estaban junto a ellas y lo lindo fue que le preguntaron si ella era de Marsella. Es sabido que el francés que se habla en Marsella, que es puerto, no es tan fino como el parisién pero así todo mi abuela estaba encantada que la hubieran creído Francesa lo que significaba que sus estudios de francés no andaban tan mal.



El itinerario que ellas seguían había sido preparado por el hijo mayor de mi bisabuela ya que él lo había realizado un año antes en su viaje de recién casado y es por eso que, como cuenta mi abuela, cada vez que terminaban de visitar una ciudad y partían hacia su siguiente punto de la gira tenían la sensación que el tiempo de estadía había estado muy bien calculado ya que se sentían satisfechas de lo alcanzado en cada lugar.



No fue lo mismo dejar Roma, no solo por lo mucho de interés que encierra sino por ser una ciudad cautivante. Con las tardes, en la heladería de Piazza España, los paseos por las colinas que circundan la ciudad, cada pasada por el coliseo, la piazza Navona con sus fuentes, especialmente la de los cuatro ríos que representa el Nilo, el Ganges, el Danubio y el Rio de la Plata, las tiendas de Via Condotti etc.



Es una ciudad de la que no provoca salir, por algo la llaman la Ciudad Eterna.



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