Capítulo IV


El siguiente punto en el viaje era Venecia y para allá enrumbaron.

Cruzaron los Montes Apeninos por el Paso de Futa, era un día grisáceo, húmedo, frio y algo lluvioso. Entre la emoción de estar cruzando una cordillera y el clima no muy veraniego y con neblina, se sentían con deseos de llegar pronto a su destino o de encontrar un lugar donde poder calentarse un poco.

La “maquina” claro que tenía aire acondicionado y calefacción pero aún así a pesar de estar calentándose ya, un poco, luego de haber encendido la calefacción, buscaban un lugar aunque sea solo para ir al baño. Todo el entorno era solitario. La pista corría entre casas rústicas de piedra y también había mucha vegetación lo que aumentaba más la sensación de humedad y frio.

De un momento a otro, divisaron una mujer anciana algo encorvada pero ágil y menuda, que cargando un atado de leña, ingresaba a una de esas casas de piedra al pié de la pista. Antes que la anciana terminara de entrar y fuese a cerrar su puerta, le dieron la voz y pudieron pedirle el uso de su baño. Ante la amabilidad de la mujer y el no querer ellas interrumpirla en sus tareas, ya que parecía que vivía sola, no le quitaron mucho tiempo, con la visita, continuando prontamente su camino.

Llegaron a Venecia en la tarde. Para ir al hotel había que hacerlo en un batiscafo o lancha a motor, ya que la “máquina” debía quedarse guardada en un depósito. El hotel, elegante y muy bonito estaba muy bien ubicado.

Tenían el encargo de buscar a un Sr. Contro que trabajaba en la municipalidad de Venecia, para saludarlo de parte de su gran amigo de Perú, Piero Solari.

Quedaron con el Sr. Contro en reunirse al día siguiente en la tarde.

Luego de visitar la plaza de San Marcos, donde se tomaron fotos y película con las palomas, entraron al Palacio Ducal donde se encuentra el “Puente de los suspiros ya que por allí pasaban los sentenciados y desde ese puente podían ver por última vez Venecia . Recorrieron las callecitas con sus casi 400 puentecitos, visitaron las islas de: Murano, donde vieron como se trabaja el vidrio que lleva el mismo nombre y la isla de: Burano, donde mujeres, mayores, se dedican al trabajo del bolillo “merletti” para la confección de manteles finísimos, entre los que mi abuela pudo escogerse dos, muy lindos que aún conserva.

En la tarde, como habían ya acordado, se reunieron con el Sr. Contro y a pesar del tiempo más bien frio, decidieron pasear en góndola. Recién allí se percataron que el Sr. Contro era poseedor de una voz muy apropiada para el momento cuando empezó a cantar una canción, algo así como “Andiamo in góndola sotto le stelle” (vayamos en góndola, bajo las estrellas).

Luego de visitar una bodega y saborear el “prosciutto di parma” con un buén vino, se despidieron del Sr. Contro quién antes las puso al tanto, sobre una pensión mas económica porque el hotel en el que estaban alojadas les parecía muy caro.